La presencia de elementos nacionales en la música cubana

Nos encontramos al final de un siglo y un milenio con una música cubana que se distingue de otras por elementos muy característicos que fijan su identidad tras  varios siglos de un proceso transcultural.  Esta transculturación ha implicado, en primer lugar, la toma de aquellos elementos melódicos, rítmicos, textuales, morfológicos, que pudieron impresionar a los creadores de cantos y bailes u otros aspectos de la música para hacer uso de ellos en lugar de los propios, que consideraban menos funcionales. Esto ocurría mediante el choque o encuentro de las distintas culturas de los diversos grupos étnicos que formaron nuestra nación. De estos elementos, de una y otra cultura en contacto, surgía una nueva variante nacional con características propias, diferentes a sus antecedentes, con una nueva identidad. De nuestra primera raíz aborigen no quedan huellas evidentes de sus  sistemas musicales. Han sido hasta ahora infructuosos los intentos de encontrar algún indicio que nos permita reconocer cómo sonaban los guamos, sonajeros, silbatos, maracas o mayohuacanes que nos describen los cronistas. 

Tan pronto llegaron los colonizadores se mezclaron, en nuestra Isla, elementos diversos del mosaico étnico que integraban en aquel momento el estado español. Aquellos, en su condición social y económica, aportaron su música que,  dentro de un período de cambios históricos --el Renacimiento--  significaron para los colonizadores, avances tecnológicos que se enfrentaban a los estadíos primitivos --quizá sólo un neolítico temprano--, de nuestros pobladores originales. No era posible una asimilación en culturas tan disímiles y una de ellas debió desaparecer aniquilada.

Para sustituir a los aborígenes se trajeron esclavizados  miles de  individuos de distintas etnias africanas. Vinieron por oleadas, igual que los pobladores españoles o de otros lugares de Europa, para enriquecer el caldo social al que Don Fernando Ortíz ha llamado ajiaco.

Y cada uno de estos grupos trajo su música  y los modos de hacerla sonar, sus instrumentos, sus narraciones, sus idiomas. La transculturación de sus instrumentos,  ritmos, modos de hacer fue conformando nuestra música nacional.

Pero no fue hasta muy entrado el siglo XVI, establecidas varias ciudades, identificados los distintos elementos sociales mediante un idioma común, el castellano, cuando se establecieron relaciones de tipo social y económico entre  grupos que poblaron tanto en zonas rurales como urbanas en conglomerados que se fueron mestizando  biológica y culturalmente.

Las relaciones de trabajo, la dependencia  de un grupo numeroso de  dominados por el sector dirigente no fue óbice para que se estableciera una interrelación cultural, una transculturación continuada por la cual los negros, esclavos o libertos, asumieron muchos oficios de los blancos, entre ellos el de  músicos, y que de inmediato asimilaran instrumentos, formas de tañerlos, géneros musicales, danzas, a las cuales  le imprimieron su propia expresión, su dengue,  por lo cual pronto serían reconocidos como cubanas.

Por otra parte, España se unificaba, y a la vez que se generaban nuevos estilos de música, se recibían influencias de otros pueblos europeos. Estos cambios se recibirían en Cuba,  y hacia España y Europa en general,  regresaban las novedades de América, de La Habana. Así regresaron posiblemente en el siglo XVII la chacona,  la zarabanda, la petenera " que se cantaba  como punto de La Habana. Se extendieron por Latinoamérica bayles de las clases baxas que escandalizaron a las autoridades eclesiásticas hasta el punto de castigar con la excomunión a la que los ejecutara.

Los bailes y fiestas de los negros eran prohibidos, y si se permitían era dentro de su cabildo o barracón, pero la influencia de su música se transculturaba en la sonoridad del tiple que ellos asumían y en sus puntos y zapateos. Las pequeñas orquestas que amenizaban igualmente los bailes de la alta burguesía oficial, las fiestas de la Iglesia, el teatro y las fiestas populares también estaban integradas por blancos y por negros que interpretaban la misma música, con características criollas, cubanas. La guaracha y el punto cubano, presentes en nuestras fuentes históricas desde el siglo XVIII, alcanzan su desarrollo definitivo  a través del siglo XIX, al que podemos titular también el siglo de la contradanza cubana, popular y de concierto, en la que aparece, para calificarla, el término con sandunga. Cerca de un centenar de autores de toda la nación entre los que se pueden mencionar Manuel Saumell, José Lino Fernández de Coca, Tomás Buelta y Flores, Vicente Díaz de Comas, Silvano Boudet, Miguel Failde y muchos otros dejaron un enorme legado de contradanzas y otras piezas bailables como valses, polkas, rigodones, lanceros y danzones.

Aunque en los siglos anteriores "pudieran rastrearse otros vislumbres del amanecer de la conciencia criolla,...  esa conciencia sólo empezaría a hacerse visible de un modo indudable, coherente y continuo, a partir de la última década del siglo XVIII y las primeras del XIX" (Vitier, Cintio; 1995). Junto a la primera generación de patricios nativos hasta José Martí, surgieron músicos como Esteban Salas, habanero que desarrolló su mayor obra en Santiago de Cuba, para dejarnos una obra de música sacra que no encontraría igual, y hoy resulta de un valor inestimable como patrimonio nacional. Después de Salas, Antonio Raffelin y Juan París y otros autores de música religiosa;  y por la vía de la música de concierto se conocieron músicos en las dos principales capitales, con una obra de evidente identidad cubana con canciones, obras para piano, música de cámara, óperas,  que abarcan todo el siglo y establecen pautas en las que se van  reconociendo unos  evidentes elementos nacionales: Manuel Saumell, Fernando Arizti, Nicolás Ruiz Espadero,  Laureano Fuentes Matons, Gaspar Villate y Eduardo Sánchez de Fuentes  --que realiza su mayor obra en este siglo XX que concluimos. 

Pero el músico más importante, que en su obra desarrolla y resume  el  estilo que definirá nuestra música nacional es Ignacio Cervantes.

Si  bien tempranamente en nuestra historia aparecen rasgos de criollez en nuestros géneros musicales,  Saumell  pasó "del mero instinto rítmico a la conciencia de un estilo. Había nacido la idea del nacionalismo" (Carpentier), 1946 No es hasta Cervantes que se confirma esta idea del nacionalismo,  y  precisamente Cervantes, el pianista abandona la patria en dos ocasiones para seguir colaborando con su libertad, al ofrecer conciertos ante los tabaqueros de Cayo Hueso y México.  Esto demostraba su eticidad y conciencia de lo nacional. Por eso y por su obra insuperable consideramos que Ignacio Cervantes fue el músico más representativo del  siglo XIX, siglo fundador y crisol. En él se consolidaban la nación y la nacionalidad de nuestra música.   

La Habana, diciembre de 1999.